Tal vez en el mundo entero, se puede medir hasta qué punto las causas han estado en la tolerancia de la mentira, en la falta de percepción de ella, probablemente en el temor a reconocerla, sobre todo en la complicidad con ella. El que tolera una mentira, el que no la toma en serio, el que no procura declararla y evitarla, el que no se aparta de sus autores y los declara "fuera de la ley", miente con ellos, se asocia a su misma empresa, queda contaminado por ese factor de corrupción, del cual proceden casi todos los demás. Por ahí habría que empezar; lo demás se daría por añadidura.
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| Son abundantes los ejemplos que nos brinda la Historia – y están en la mente de nuestros lectores - sobre pueblos o sociedades que han reaccionado con extrema virulencia frente a la mentira y el engaño de sus propios gobernantes, si bien, es cierto que la reacción no suele ser inmediata, bien por la tardanza en descubrirse o bien por sus limitadas capacidades de reacción. Y es de notar que baste con la mera percepción de ser engañado para que esta reacción se materialice. En nuestro entorno esta virulencia acaba adoptando la forma de un descalabro electoral.
Las noticias de los últimos meses acumulan a ojos de un observador de buena fe y bien informado, una percepción de cotas de engaño que posiblemente sean superadas con creces por la realidad. Es difícil que la mentira no vaya a más cuando ésta se desenvuelve en el anonimato y en la impunidad. Baste recordar cuántos regímenes, gobiernos y organizaciones diversas han vivido o viven de la farsa.
Las sombras sobre la autoría y circunstancias del mayor atentado de nuestra historia, la opacidad en las negociaciones con ETA u otras organizaciones, las sentencias desfavorables una y otra vez al discurso oficial - pese a la desmedida politización de la justicia -, las promesas o compromisos aplazados sine die, o el abuso sistemático de las misteriosamente oportunas cortinas de humo y de un lenguaje político que cae una y otra vez en el maquillaje de la realidad cuando no en su ocultación, son algunos ejemplos recientes del panorama que se observa. Llegado a este punto caigo sin resistirme en la tentación de acudir a Julián Marías y extraer algunas reflexiones de su artículo: IMPLACABLE CON LA MENTIRA (2001).
En una época en que tiene vigencia la democracia, y ésta debe estar inspirada por el liberalismo y no ser impuesta por la mera presión aritmética de los votos …. la causa común indiscutible es la verdad, el respeto a las reglas del juego. … Una cosa es el error, otra absolutamente distinta, la mentira. Ésta es inadmisible, contra ella hay que ser implacable, porque destruye el mismo suelo en que se funda toda discusión, el supuesto de los principios de la convivencia, de la discrepancia, del posible acuerdo; en suma, de la sociedad civilizada. Esa implacabilidad no excluye la posibilidad de entenderse; al contrario, es la condición de su existencia. ... La falsedad es accesible, comprobable, frecuentemente demostrable. …. Por la boca muere el pez, es una vieja convicción atestiguada por la experiencia. En esta época, casi todo lo que se dice queda registrado por mil procedimientos. …. Ese temor está templado, casi siempre, por la esperanza de la impunidad.
Se confía en que no se recuerde….. Podría hablarse de un amplio sistema de "olvidos mutuos". Yo te olvido y tú me olvidarás. Lo malo es que esta práctica reiterada va impregnando gran parte del mundo, engendra una desconfianza creciente, va contaminando la palabra, muy especialmente la pública, la despoja de valor, impide el edificar sobre ella la interpretación de la realidad, la confianza en los testimonios. ….. Lo que importa es que la mentira no tenga consecuencias…. El principio "Dios los cría" suele ser iluminador. Si alguien busca la compañía de los veraces siento confianza, esperanza, casi seguridad. Si busca compañía de los que segregan habitualmente la mentira, pierdo toda esperanza, temo que va a continuar la misma práctica, que no se va a atrever a discrepar de ella, aun dando por supuesto que tuviera ese deseo…..
A diferencia de la tolerancia amplísima respecto a las opiniones, aunque sean erróneas, a condición de intentar manifestar el error y tratar de superarlo .… la mentira deliberada y comprobable no puede aceptarse, porque vicia toda la discusión, pervierte el uso legítimo, absolutamente necesario, de la palabra.
Si se repasan los quebrantos graves de la convivencia, los desastres que han acontecido en una sociedad determinada, en un país, tal vez en el mundo entero, se puede medir hasta qué punto las causas han estado en la tolerancia de la mentira, en la falta de percepción de ella, probablemente en el temor a reconocerla, sobre todo en la complicidad con ella. El que tolera una mentira, el que no la toma en serio, el que no procura declararla y evitarla, el que no se aparta de sus autores y los declara "fuera de la ley", miente con ellos, se asocia a su misma empresa, queda contaminado por ese factor de corrupción, del cual proceden casi todos los demás. Por ahí habría que empezar; lo demás se daría por añadidura.
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